martes, 4 de septiembre de 2012

Por qué tienes miedo? (Relato basado en Mateo 8:1-27)


Era tarde y todos estaban cansados, en especial el maestro, que había hecho un buen número de milagros, bostezaba mientras caminaba con Pedro a su lado, que a su vez y como siempre estaba hablando de lo emocionante que había sido aquel día y de la buena comida de su suegra.  Hacia frio, el viento del sur empezaba a mostrarse más fuerte y más recio y el cielo cerraba sus puertas con sendas cortinas grises, así que el curioso grupo de amigos apresuró el paso.

 El maestro, en silencio, recordaba con una dulce sonrisa cuanta confianza había visto aquel día: el leproso, el centurión, la suegra de Pedro… mmm si… que bien habían comido… miro a su derecha y vio a uno de sus amigos, charlaba con alegría a pesar de que ese mismo día había perdido a su padre; Jesús, se le acerco y le puso su brazo sobre el hombro mientras con humor despeinaba su cabello, sabía que su confianza le había impulsado a seguirlo y dejar allí lo que antes tanto apreciara. Luego, a pesar de su cansancio, el maestro tomo un pequeño guijarro del suelo y lo lanzo a la cabeza de Santiago que estaba un poco elevado y luego rió mientras corría ante la hilarante persecución de sus compañeros. Sin embargo, el juego termino pronto, habían llegado al mar y este parecía un poco picado, además algunas gotas de lluvia se habían dejado sentir, era hora de emprender la marcha.

La barca era vieja, regalo de alguno de los seguidores del señor, algo inestable y con más de una filtración crujía bajo los pies de los apóstoles que se ubicaban para iniciar el viaje. El maestro se sitúo en su rincón de siempre y ya que esta vez no había estrellas para admirar decidió tomar una siesta mientras los demás se encargaban de navegar. Entre tanto, el cielo no se había quedado en calma, muy por el contrario, las nubes empezaban a golpearse furiosas unas con otras y amenazaban al viento para que promoviera una tormenta.

Aceptando la invitación, el viento arremetió contra el mar y este a su vez contra la barca que se agitaba sin descanso, entonces, las miradas de sus tripulantes se llenaron de ceños fruncidos y preocupados, empapados por la lluvia y botando el agua de las olas que la inundaban comenzaron a permitir que el pánico les abrumara. La natural confusión que de por sí crea una tempestad, se juntó con la desesperación que enceguece a los hombres y generó en los apóstoles tal miedo que saltaban y se abrazaban cuando escuchaban un trueno.

Crash! un rayo ilumino la noche, ¿dónde está el maestro? No estaba entre los miedosos abrazados… crash! Otro rayo permitió ver que dormía plácidamente mientras ellos tiritaban del susto. Las miradas se encontraron y en ellas se dibujaba sorpresa y pánico, de repente la tormenta pareció a sus ojos una señal del fin, pálidos y aterrorizados finalmente empezaron a quejarse y a gritar:

- Señor! Levántate!

- Señor! Sálvanos que perecemos!

El maestro, abrió un ojo para ver que sucedía, ya era suficiente con el solo escándalo que causaba la noche, debió incorporarse lentamente impresionado ante lo que veía: un grupo de corpulentos hombres que temblaban como hojas, y observar con desagrado semejante espectáculo, ¿cómo quienes hace unas horas habían visto y oído los milagros y el poder de su mano, ahora se comportaban de esa manera? Entonces erguido y serio, los miro por un instante, separado de ellos como si no reconociera o no entendiera la actitud de sus amigos, les dijo con voz grave:

-Hombres de poca fe, ¿por qué tienen miedo?

Christ In the Storm on the Sea of Galilee
Rembrandt van Rijn, 1632

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